Justificación de la poesía

kavafis3 1 

Escribe Eduardo Lalo

 

1.

Es lícito afirmar que no se lee poesía aunque la

aseveración sea falsa y lo sepan hasta los que

la dicen

Los que escriben poesía son a veces sus peores enemigos

La indiferencia de los que no la leen no da mérito

ni debe provocar grandilocuencias (Vallejo

no fue un mejor poeta por ser póstumo)

El silencio  la inutilidad son el tema

y de él salen las líneas

a las que no se podría llegar de otra manera

 

2.

Cuando se piensa en esto se cree que alguna vez hubo vasto

público y este dato nos permite odiar al prójimo

para el cual hoy somos incomprensibles tontos

Nos confunden las lecturas de biografías  nos confuende

haber leído casi todo demasiado tarde

Homero o Borges son tan oscuros como tú o yo  con la diferencia

que son nombrados  pisoteados por miles de

contestadores de exámenes  por millones de lectores

de periódicos

Doy gracias a los que después de la primera experiencia

dejan a la poesía para siempre

 

3.

Desde hace tiempo  he sabido que en el interior de algún

carro público  sobre las piernas constringidas  ajeno

a la transmisión de la tarde hípica  por las calles

de esta ciudad sin mitologías  alguien lleva a Kavafis

Otra justificación  inclusive la de mis páginas me parece

innecesaria

Sartre contra sí mismo

Jean Paul Sartre Simone de Beauvoir 2

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

¿Quién le tiene miedo a Sartre y por qué?, me preguntaba al seleccionar “Las palabras” para redactar esta reseña-homenaje con motivo del centenario del pensador francés Jean-Paul Sartre (1905-1980). Creí que podría contestar esa interrogante al terminar este libro autobiográfico, que publicó en 1963, sobre todo porque estaba empeñado en que nadie mejor que él podría explicarme la razón por la que ya no se lee. Pero la historia que cuenta Sartre, para mi sorpresa, contra sí mismo, es sólo la punta del iceberg.

El texto está dividido en dos partes: “Leer” y “Escribir”. En conjunto, constituyen el relato de los primeros años intelectuales del pequeño Sartre, un niño que desde muy temprano decidió que en la vida lo que más vale son los libros. Como es fácil suponer, se trata de un burguesito privilegiado con una extensa biblioteca en la casa de su abuelo; un alsaciano que se muda a París y funda un instituto superior para la enseñanza del alemán. En esa casa con padre ausente, dominada por “los viejos”, leer era una actividad que sólo podía conducir a la fijación y cultivo de los valores del humanismo idealista; a la formación de caracteres ejemplares.

“Encontré el universo en los libros: asimilando, etiquetando, pensando, aún temible; y confundí el desorden de mis experiencias librescas con el azaroso curso de los acontecimientos reales. De ahí proviene ese idealismo del que me costó treinta años deshacerme”, indica Sartre. Ese ejercicio tan crudo de autoanálisis se extiende a lo largo de la narración y resulta estremecedor porque el Sartre adulto no tiene piedad con su alter ego infantil. Para él, no puede haber compasión hacia su yo primitivo: una especie de forma de ver el mundo y de actuar en ese mundo a través de las palabras que aún subsiste en la adultez, pero en forma de retazos de memoria. Ese yo está envuelto en la bruma del pensamiento religioso, que en el caso de Sartre es una combinación entre doctrinas católicas y luteranas aunque él se decide en esos años por el ateísmo. Además, flota entre los de los personajes de las novelas que lee, las instrucciones sociales que recibe y la historia familiar cargada con el peso del siglo que hereda.

Muy pronto reconoce que es un impostor. Acude a los mayores para que validen sus imposturas: sabe que no posee genio, que es un clon vacío de la cultura dominante (de la que no puede escapar), que sólo habla, lee y escribe para confirmar que su vocación es copiar y copiar. No siente nada espontáneo, no hay originalidad, pero -aún así- busca reconocimiento de su farsa en el aplauso de los otros. “Yo no tengo la culpa si este siglo me volvió épico”, afirma, como justificando la cruel dilucidación de su tránsito de la lectura a la escritura.

Entonces, sabiendo que no creía en absolutamente nada de lo que se representaba en la “comedia familiar” que le tocó plagiar, integra en su caligrafía todas sus lecturas sobre héroes que salvan doncellas y reinos. Se trata de trazos también vanos, y así nace el escritor esnob, que no es otra cosa que una “estación repetidora” de frases y maneras de personas distinguidas. “Si en un siglo de hierro he cometido el loco yerro de tomar la vida como una epopeya, es porque soy el nieto de la derrota”, confiesa con frialdad. Pero, con la llegada del cine, ese esnobismo va cediendo ante el placer de juntarse con las multitudes, mas no del todo, pues la relación imaginaria con los grandes hombres lo había “convencido de que no se puede ser escritor sin volverse ilustre”.

La necesidad de ser leído y de hacerse de un público lector “agradecido” de sus escritos ocupó sus pensamientos. Le interesaba convertirse en un “regalo” a través de las letras, inventarse un destino objetivo a partir de la donación de su conocimiento a favor de las causas indeterminadas contra el Mal; todas absolutamente abstractas. “El azar me había hecho hombre, la generosidad me haría libro”, declara. El narcisista arrogante descubre un valor enorme en la publicación, que es la inmortalidad que puede traer la fama. “Empezaría por darme un cuerpo que no se pudiera gastar y después me entregaría a los consumidores. No escribiría por el gusto de escribir, sino para tallar ese cuerpo de gloria en las palabras”, añade este ícono internacional de la revolución socialista.

¿Cómo es posible entonces que mucho más tarde, ya en la cúspide de la popularidad que en efecto le otorgaron sus libros y sus posiciones públicas, Sartre rechazara fulminantemente el Premio Nobel de Literatura de 1964? Aunque le informó a la prensa que no lo aceptaba porque eso supondría perder su independencia y claudicar ante “el sistema”, también estableció claramente que rechazar el premio era, a su vez, otro pasaporte a la eternidad letrada. En Las palabras, se acusa de “trepador”, de haber acogido en su fuero interno “el progreso de los burgueses”. La consciencia ultracrítica no surge hasta después: “Era dogmático y dudaba de todo, excepto de ser el elegido de la duda: restablecía con una mano lo que destruía con la otra y tenía a la inquietud por la garantía de mi seguridad, era feliz”, acepta.

El libro no da cuenta de un proceso de “desintoxicación” que desemboque en la creación de la personalidad rebelde del Sartre adulto, pero una afirmación suya es contundente si se quiere entender que Sartre nunca pudo deshacerse del niño que odió tanto pero que irremediablemente fue: “Por lo demás, este viejo edificio en ruinas, mi impostura, es también mi carácter; podemos deshacernos de una neurosis, pero no curarnos de nosotros mismos”, concluye. De esta forma, la autobiografía es su pose máxima como existencialista, el “mea culpa” calculado que sirve de vehículo para desconocerlo mejor. Desconocerlo como escritor de culto de los “intelectuales comprometidos”, de una juventud estudiantil con las bocas llenas de consignas y las manos llenas de piedras. Desconocerlo como portavoz de una generación que ya no patrocina la complejidad de sus ideas y que se encuentra atrincherada, a mi juicio, detrás de su versión más banal. Parece que “los elegidos de la duda” se han cansado de dudar y disfrutan plenamente de su estatus.

Dos libros, además de éste, pueden ayudar a expandir ese debate. De un lado, la novela Los mandarines (1954), de Simone de Beauvoir, la compañera de Sartre, donde la escritora expone las causas de la separación del grupo existencialista aglutinado en la revista Les temps modernes. De otro, la colección de ensayos Entre Sartre y Camus (1981), de Mario Vargas Llosa, editada en San Juan por Carmen Rivera Izcoa para Ediciones Huracán. El primero, lleno de sospechas, analiza cómo la influencia de la escritura cortante de Sartre declinó ante la irrupción en la escena literaria de más escritores formalistas y esteticistas. El segundo, repleto de matices entre los bandos opuestos de los intelectuales franceses más influyentes de la segunda mitad del siglo pasado, que dura hasta hoy, explica cómo la ideología sartreana fue perdiendo terreno ante la camuseana; aunque Vargas Llosa nunca descarta su vigencia en la historia de las ideas y los conceptos morales envueltos en la disyuntiva reforma o revolución.

Pero basta de datos. Regreso a la pregunta inicial: ¿Quién le tiene miedo a Sartre y por qué? A cien años de su nacimiento, ¿por qué no se lee ya? “Mis libros huelen a sudor y a esfuerzo, y admiro que apesten para la nariz de nuestros aristócratas; muchas veces los he hecho contra mí, lo que quiere decir contra todos”, contesta él mismo en Las palabras. He aquí, de muchas, una sola razón.

*Esta reseña se publicó el 11 de diciembre de 2005 en la revista Letras del periódico El Nuevo Día, Puerto Rico.

Víctimas y malhechores

bosque

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

“El bosque de los pigmeos”, tercera entrega de la serie para preadolescentes que comenzó con “La ciudad de las bestias” y continuó con “El reino del dragón de oro”, confirma la capacidad de la escritora chilena, exiliada en California, Isabel Allende para manejar historias que entremezclan la realidad con la fantasía, la intriga detectivesca con la pedagogía historicista y las leyendas de la antigüedad con las costumbres ultratecnologizadas de la globalización.

De lectura fácil, la narración se ocupa de describir el viaje de la periodista Kate Cold, su nieto Alexander, su amiga Nadia y el resto de la tropa de aventureros a Kenia, país africano al que llegan en busca de una tribu milenaria sometida bajo el yugo de un ex militar enloquecido. En el trayecto tipo safari, sus aficiones occidentales chocan con la exuberancia de la flora y la fauna de la selva, hoy intervenida por las máquinas y el ansia de conquista de los cazadores de fortunas.

La escritora, que hace varios años abandonó las intenciones revolucionarias del realismo mágico y las sustituyó con sutiles consejos de autoayuda espiritual, ha encontrado en esta fórmula literaria la clave del éxito editorial luego del crossover. Por ello, sus personajes sufren transformaciones místicas que tienen que ver con el chamanismo nostálgico, la ecología light y la filantropía.

“Se hallaron en el centro del bosque espiritual, rodeados de millares y millares de almas vegetales y animales. Las mentes de Alexander y Nadia se expandieron de nuevo y percibieron las conexiones entre los seres, el universo entero entrelazado por corrientes de energía”, dice la narradora, experta en provocar altos vuelos de la imaginación juvenil, tal y como lo hacen las abuelas liberales cuando se sientan a rememorar las hazañas familiares o patrióticas de antaño.

Títulos de capítulos breves como “La adivina del mercado”, “Safari en elefante”, “Prisioneros en Kosongo”, “El reino del terror” y “El monstruo de tres cabezas” sugieren a los lectores una temática etnográfica muy de moda, que casi siempre incluye una mirada elitista sobre una construcción discursiva subalterna. Los extranjeros bienintencionados llegan para salvar a las tribus dominadas.

Allende logra convencer a sus lectores de que viajan a otros mundos, bajos fondos de lugares prácticamente olvidados, violentos, injustos, que invitan a los visitantes a hacer algo. Sin embargo, y a pesar de que sirve para armarse de herramientas culturales y divertirse durante la transición a la edad adulta, la novela queda desprovista de las versiones más terribles del sufrimiento humano.

*Esta reseña se publicó el 3 de octubre de 2004 en la revista Domingo del periódico El Nuevo Día, Puerto Rico.

Conformarse con la mitad

zahir

Por Manuel Clavell Carrasquillo

Cuatro horas -más o menos- necesitará el lector curioso para devorar El Zahir, la nueva novela del escritor brasileño Paulo Coelho, príncipe internacional de las letras latinoamericanas, consejero de almas descarriadas, “performer” mediático multimillonario, psiquiatra y académico de la lengua portuguesa.

Cuatro horas serán suficientes para comprender que el propósito de la vida tiene que ver con la búsqueda de la “energía”, emprendida por un “guerrero de la luz”. Si el “guerrero” en cuestión alcanza la felicidad, después de haber sido traspasado por la “energía”, entonces el resto alcanzará la dicha también por ese medio. Es una acción colectiva. De esta forma, la literatura se convierte en una experiencia “pedagógica” unidimensional en la que el autor les da las claves a los lectores -a través de las historias que cuentan sus personajes- sobre cómo emprender el viaje del mejoramiento personal de la manera menos dolorosa.

Así que, tras el “estudio” de esta obra, los lectores tendrán las herramientas necesarias para superar la “guerra” que enfrentan allá afuera y aquí adentro, porque Coelho siempre ha señalado que la batalla tiene que empezar por casa. Quizás por ello es que afirma que la función de la literatura es la de reunir a los “guerreros de la luz” alrededor del fuego primitivo de los ancestros para que se cuenten cuentos. Una vez allí, todos reprimiendo el poder destructivo de los arcos y las flechas, los “guerreros” aprenderán a mirarse las entrañas y a compartir sus historias para construir la memoria colectiva de cómo es que la tradición oral sirve para enmendar errores y sanar heridas.

Perfecto. Estoy convencido. Entiendo las instrucciones. Me someto al rito que ha prescrito el maestro Coelho y comienzo a leer la novela. Me doy cuenta que El Zahir es un concepto islámico reutilizado por el escritor argentino Jorge Luis Borges y que tiene que ver con la condición de lo obsesivo, esa sensación de que alguien o algo nos hace falta para sobrevivir; “que no puede pasar desapercibido”. Empezamos bien. El personaje principal es un escritor de libros de autoayuda (qué tema más arriesgado) cuya mujer -una periodista especializada en conflictos bélicos- lo ha abandonado en París, presumiblemente porque se ha escapado con otro. El escritor “sufre”. No entiende lo que ha pasado. Sin embargo, durante dos años no hace ni una sola gestión para encontrarla. Aún así, la periodista fugitiva es su Zahir, la presencia espiritual que le da sentido a su vida y lo inspira a la hora de dedicarse a la escritura. Habrá que buscarla.

Estoy ante una historia detectivesca de primera categoría, un thriller interesantísimo en el que pronto habrá pistas que le indicarán al protagonista cómo recuperar a su esposa, encuentros y desencuentros entre las complejas fuerzas del bien y del mal, enlaces y desenlaces múltiples entre misterios y revelaciones, monólogos en los que se verá la tensión psicológica de los personajes, descripciones detalladas del laberinto de sus mentes y las ciudades que recorren, suspenso, mucho suspenso, que me llevará a un final impactante mientras se va transformando mi alma en un reflejo de la virtud y la sabiduría. No hay duda, luego de confirmar que esta novela es mucho mejor que Once minutos, donde Coelho fue incapaz de manejar con soltura la conciencia de una prostituta brasileña esclavizada en Suiza, el universo está conspirando a favor mío.

Sin embargo, pronto descubro que casi todo en El Zahir es mediocre. Si estuviese en crisis, sediento de palabras que consolaran mis traumas, este libro los empeoraría. Los narradores de Paulo Coelho pisan y no arrancan. Las promesas del género autobiográfico, detectivesco, la novela de aventuras, el thriller policiaco, el texto filosófico, el relato neobíblico, todas quedan suspendidas inmediatamente por una sucesión de intervenciones abruptas de un discurso santurrón, incoherente y contradictorio que va reproduciendo cientos de clichés sin ton ni son a medida que se desarrollan los párrafos. Es un homenaje a la derrota de la profundidad de los antiguos textos esotéricos.

Se trata de una avalancha de pensamientos amogollados que arrasa el interés por la historia principal de la novela, revelando la urgencia fanatizada del autor por transmitir a las “masas ignorantes” un compendio de lo que se sabe sobre la tradición peregrina medieval del Camino de Santiago, la mitología de las planicies de Mongolia, las máximas compasivas de Buda, el misticismo de los bailes de meditación musulmana, la intervención de los médium orientales en tierras occidentales y un rosario interminable de referencias light a la historia universal de la iluminación de las mentes abusadas.

Un constante escopeteo de frases melodramáticas termina por frustrar cualquier avance. Página tras página, los personajes despliegan un discurso cursi, moralista, exento de ironía, humor o malas mañas. Parece que son autómatas programados para “hacer el bien sin mirar a quién”, no humanos representados en novela. “Cuando alguien parte es porque otro alguien va a llegar -encontraré nuevamente el amor”, dice el narrador. “Digo que basta, nuestra relación ha llegado al final, no se trata de lo que ella crea que me haría feliz, se trata de amor”, alega el narrador en plena explicación ridícula de un concepto tan escurridizo como Eros. “Qué bien, el universo se encarga de corregir nuestros errores”, balbucea el narrador en un arrebato de consolación superlativa. “Después de permitir que la energía pase por mi cuerpo, sé la razón de todo. Sé la razón del amor y de la guerra. Sé la razón por la que un hombre busca a la mujer que ama”, fanfarronea el narrador, que no se cansa de empalagarnos con sus parlamentos botos.

Queda claro, entonces, que los lectores de Paulo Coelho nos conformamos con la mitad. Lo que pudo haber sido, y no fue, ése parece nuestro lema. Llegamos a la librería, vemos la impresionante montaña de libros y nos inclinamos ante la imagen de la codicia de prosperidad, de la elevación mística que supone leer a un gurú que anuncia que tiene buenas intenciones al reciclar una amalgama de doctrinas perfumadas. “Cualquiera puede ayudarme, basta con ayudar a que la Energía del Amor se expanda por el mundo”, remata el narrador, ofuscado por la mediocridad de su convocatoria, que se traduce en millones de libros vendidos pero que no apunta a ningún sitio. Conformarnos con la mitad también quiere decir que no le exigimos resonancia al objeto cultural que compramos, que sólo vamos a leer con gríngolas este tipo de libros. Como Coelho cree que hay razón en esto, y que con cada tomo vendido gana un adepto, El Zahir -por desgracia- es también un largo lamento anticrítico en donde los que no “entienden”, y señalan sin tapujos sus defectos, son los enemigos de la luz y la verdad del proyecto único.

Según este autoanálisis condescendiente, salpicado de lágrimas y golpes de pecho, el autor justifica que sólo ofrece lo que le piden. Nos toma, no por seres rehabilitables, sino por ingenuos entes pasivos. Un libro sin intervención o crítica de sus lectores es un ídolo de piedra. Un libro concebido como manual que encierra la última palabra sobre la existencia no busca lectores vivos. Un libro que hace un llamado universal a que la gente se conforme con la mitad no es un libro; es un escudo protector contra los riesgos que trae consigo el libre ejercicio del intelecto.

Coelho debe saber que no nos conformamos con la mitad. Su falso prestigio lo obliga a entregarnos una obra de arte, no un panfleto tan mal diseñado y tan mal hecho. Si vamos a subir (¿no es éste el propósito de la autoayuda?), subamos más allá del medio.

*Esta reseña fue publicada el 25 de junio de 2005 en la revista Letras del periódico El Nuevo Día, Puerto Rico.

El tedio de los supervivientes: Controversia sobre la lectura con Mayra Santos Febres y Félix de Azúa

leer es pensar 

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo
De la Redacción de Estruendomudo

A Eduardo Lalo

Plantea en su blog el escritor Félix de Azúa, luego de devorar una historia de horror sobre el exterminio judío por los nazis, que la lectura de semejante libro espantoso le dejó el corazón helado. Acto seguido, opina que quizás sea ésa, precisamente, la función de la lectura: sacudir violentamente el tedio de los supervivientes del canibalismo humano, que no es otra cosa que crear cierta conciencia profunda y clara del mal en algún sitio, despertar del largo sueño del olvido en el que caemos para obviar el miedo a la capacidad que tenemos de entregarnos como raza al gran festín del odio y de la muerte.

El domingo pasado, la escritora Mayra Santos Febres publicó una columna titulada “Para qué sirve un libro” en en periódico El Nuevo Día, de Puerto Rico. Allí llega a conclusiones cuasisimilares al plantear que le asustan los clásicos, no sabe leer ni griego ni latín y que muchas veces se ve tentada a recurrir a “la pachanga, a la tele, a la referencia fácil de de la cultura de masas, porque esa no me intimida”. Esa intimidación nombrada, precisamente, es a la que se refiere Azúa. Para él, los libros que hay que leer son nada más y nada menos que los intimidantes.

Ella abunda, explicando que existen libros literarios y no literarios. En ese segundo grupo acomoda a los de autoayuda y los “best sellers”. Además, aduce que la falta de lectura de libros literarios se debe a que entrar en dicha rara costumbre conduce a la tortuosa iniciación en una conversación con la tradición occidental, “con un acervo de lecturas que van componiendo el marco de referencia de saberes que una reencuentra entre las páginas de un libro”.

Para ambos, leer (o al menos la lectura que vale la pena) es un ejercicio de peso, estremecedor en el sentido de que el lector queda golpeado por un objeto contundente de infinitas toneladas simbólicas. Azúa está feliz con ello, asume su gusto y se cuenta entre los “lectores pesados”. Sin embargo, Santos Febres -pseudotraumatizada- concluye que le falta mucho para ser esa lectora ideal que añora como prototipo del buen lector isleño. Inclusive, encuentra una receta médica para llegar a ello: “Paro de escribir. Ni una letra más. Tengo que ponerme a leer”. La acumulación de lecturas pesadas, valga la metáfora macharrana, entiende entonces, la hará una mejor lectora: una lectora de verdá; seria y dura. No una “lectora arrimada” o blanda, valga la metáfora misógina, como ahora se define.

A mi entender, sendas actitudes conducen a la encrucijada en que se encuentra la lectura supuestamente literaria en nuestros días: no hay masa que la lea, punto. Simplemente habemos lectores que hemos descartado esa dicotomía entre la literatura leve y la literatura pesada a la hora de escoger nuestras lecturas o simplemente no nos parece que esa discusión aporte a que más lectores caigan seducidos por lo literario; si es que aún es posible hablar de ello como una partícula aislada del resto de las escrituras no-literarias. Es más, voy a asumir que no es posible y que eso es lo que pasa. Tanto Azúa como Santos Febres continúan inmersos en la gran película de Indiana Jones que son los estudios literarios y, desde el “set” de Spielberg y su “director’s chair”, pretenden recetarnos al resto de los mortales sus lecturas pesadas como antídoto del tedio. Es más, como único antídoto realmente importante y revolucionario, en la medida en que su consecuencia natural sería revolcar mentes pasivas.

La literatura dura -“as we knew it”- ha muerto, al igual que el arte duro. Su venta y publicidad como LA LITERATURA QUE VALE LA PENA y EL ARTE QUE VALE LA PENA es absolutamente estéril. Esa preocupación estética por las almas descarriadas en la banalidad es tan parroquiana y tan elitista que ya no es sostenible. La masa arisca la rechaza visceralmente. También yo la rechazo. El arte y la literatura pueden ser látigos de las conciencias, verdaderas cámaras de las torturas para el tedio de los supervivientes, alambres de púa contra la estupidez, claro, pero NO NECESARIAMENTE TIENEN QUE SERLO NI ELLO ES ABSOLUTAMENTE DESEABLE. En cualquier caso, no les corresponde a los letrados definir para qué sirve o deja de servir el arte y la literatura que consumo; tampoco a los incultos. Ello me corresponde a mí únicamente. Me corresponde gozar lo que leo, más el proceso de escoger lo que leo, a mí y a más nadie. En todo caso, debido a mi interés literario, he decidido que la lectura de comentarios culturales críticos es parte de mi proceso de gozo a la hora de hacer el escogido. Eso es todo. La palabra ni sana ni salva si yo no quiero ni tampoco es el único vehículo de sanación y salvación disponible en el “fucking” 2008.

El libro pesado ha dejado de ser el centro de gozo cultural y, gracias a Dios, que quizás no existe, también el centro de los dolores culturales, excepto para los escritores, los editores y los libreros llorones con esperanza de que la literatura le siga sirviendo de látigo a las masas. Ya no, no más. La masa está absolutamente liberada de la literatura como látigo desde hace bastante tiempo, sobre todo en la ínsula. No HAY que leer para ser mejor persona. Leer NO conduce necesariamente a ser mejor persona. No hay arte que conduzca a ningún sitio determinado y asumir la indeterminación del arte como proyecto es la única salida al impasse de los intelectuales lacrimógenos. El libro ha fracasado como objeto cultural y asistimos al holocausto caníbal de su ruina. En ella me masturbo y me regocijo, sin ningún complejo y sin ninguna nostalgia de flagelación burguesa y culposa. Con mucho respeto, amigos, a ello los convido.

Enrique Vila-Matas vuelve sobre la preocupación sobre el estilo luego de descartar la maldita obsesión por la trama

style

Escribe: Enrique Vila-Matas
El País, Babelia

Es posible que estas dos citas sean como lanzar un balón que no van a devolvernos nunca todos aquellos que tienen todavía el humor de situar la trama decimonónica en un pedestal absoluto. La novela del futuro verá esa trama como una simpleza que hizo furor en cierta época y se reirá de un tópico que me machacó durante mi primera juventud, esa idea de que la novela -“como bien saben en el mundo anglosajón”- ha de privilegiar siempre la trama. Hoy me alegro de haber visto pronto que aquella idea británica sobre la novela, como sucedía con tantas otras, no tenía por qué considerarla una regla inamovible. Me moría de risa el día en que le escuché a Kurt Vonnegut decir que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar -casi al azar- una cualquiera de ellas al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: el estilo.

¿Y qué sucede cuando no ocurre nada? Que termina uno a veces por acordarse de los orígenes de su fascinación por las tramas no convencionales y recuerda cuando descubrió que se podían construir libros libres, de estructuras inéditas, con asociaciones y cavilaciones en torno a centros ausentes…

Adiós a Florent en la Casita Blanca con las superestrellas Olga Tañón, Mikephilippe Oliveros y Don Paco Villón

flore

Por Frank Bruni
NYT

Nestled among meatpacking plants and hard-core gay bars, Florent was an anomalously egalitarian enclave beloved in equal measure by celebrities on the A list and hedonists on the edge, and a prism through which certain aspects of the city’s evolution could be seen with unusual clarity.

On June 29 Florent will close. Its rent was to rise to more than $30,000 a month, said Mr. Morellet, now 54. He started out paying $1,350. The neighborhood, the city and the people who felt it belonged to them were different then.

Esto me trae a la mente la remodelación del restaurante la Casita Blanca en Trastalleres y que, apesar de ello y los bloques expuestos y el olor a cemento crudo, se sigue sirviendo allí comida criolla con el gran cucharón. Jesús -dueño- y familión siguen sirviendo bacalaítos fritos en manteca Crisco como aperitivo, junto al vasito de asopao “claro” que hay que mojar con uno de los mejores piques rasquiña de la vecindad. El sábado estuve allí a mediodía y me encontré con nada más y nada menos que con la mismísima filósofa de Levittown Olga Tañón en “leggings”, el nunca bien ponderado “gourmand” Paco Villón junto con Mdme. Villón y a ese gran actor del teatro patrio y nacional riopedrense llamado Mikephilippe Oliveros. Grande fue el regocijo mío al inclinarme a probar la carne guisada más suavecita que he probado este año y más grande aún fue mi gozo en el alma al degustar las habichuelas ablandadas en ese fogón histórico que se esfuerza en servir más y más de todo lo ya servido o incluido en el menú sin cobrar ni un peso adicional. La amiga Lucy, quien me introdujo en esa fonda dejada de la mano de Dios hace dos años, más o menos, insiste en que esa es la clave del negocio: que Jesús es espléndido en dádivas a pesar de los tiempos de masetería crasa que corren. Dos chichaítos por persona, una follita llena de pegao, una bolsita de papel de estraza llena de pan de agua y “all you can eat” por unos cuantos pesos que uno paga sin problemas más generosa propina -porque atienden a uno como un rey y la comida sabe a gloria. Para completar el “tour de force” culinario, el Juan pidió un flan de vainilla que llegó en forma de canto y medio, (una “posta de flan” de vainilla podría decirse tranquilamente), con una rodaja de china dulce de Las Marías que le daba un “citric flavor” de lo más “nice” al postre más divino de la década, servido en un plato de metal forradito de porcelana, como las ditas de mear que usaban las bisabuelas para no tenerse que parar de la cama a la letrina a medianoche. Ojalá que no cierre la Casita Blanca en los próximos siglos porvenir y que no le vaya a pasar como a Florent. Ojalá. -M.C.C.

Che Melendes premio nacional de Poesía y Ensayo del Instituto de Cultura Puertorriqueña

Jorge Luis Borges 02

Por: Jorge Rodríguez
EL VOCERO

El poeta y ensayista Joserramón “Che” Melendes cargó con los premios nacionales de poesía y ensayo del Certamen de Literatura del Instituto de Cultura Puertorriqueña 2007, con los títulos en el primer premio de “Senotafio”, y “El fondo de la máscara”, en el segundo, con una dotación de diez mil dólares.

El poeta y director ejecutivo del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), Dr. José Luis Vega, anunció en conferencia de prensa celebrada ayer, en la Galería Nacional, a los ganadores, que incluyeron al escritor dominicano Daniel Baruc Espinal quien se llevó el Premio de Literatura Internacional con su cuento “Poner la mano en el fuego”. Los géneros de Literatura Infantil y Dramaturgia fueron declarados desiertos.

El premio en metálico constituye el equivalente al pago de los derechos de autor para la publicación de la primera edición de las obras. Todos los escritos serán publicados por la Editorial ICP. Participaron en esta convocatoria 96 autores. Vega aprovechó para abrir la convocatoria de 2008 de la tercera edición de esta competición.

Papaleo bajo el sol playa y en la arena…

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Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

Oíd, oíd, oíd cuantos de ustedes lean la proclama del verano porvenir unas chancletas encajadas en la arena del memorial weekend vueltas líquido de coors light unos flotadores colocados en los antebrazos y dos sillas plegadizas plegadas y continuas en el condado arenoso plataforma arenosa ventana al mar forrada de huesitos de pollo deshechos de la tarde familiar al bbq y los sonidos de la música reguetonil en vez de la picada de la picúa navidegna en escambrón en vez de la ola turística gringa de la pocita del plaza en vez de la lechonada con morcillas es el tiempo de las vueltecitas del pendejo por la ashford y todo el mundo semiesnú en el festival de paletas y castillos de los apertrechamientos en el liquor para depositarlos en forma de botellas y canequitas en el balneario más cercano y en forma de aguita amarilla sin procesar de semen residual mal jalado en bagno público de ligues espectaculares encima de las toallas con disegnos de palmeras y las palas con cubitos del día de san juan san juan siempre perseverante vivo ciudad mayor y a pesar de la humillación de la madre y ser el menor patrón de la capital de los 4×4 sobre veredas costeras transitadas por perros realengos que meten los hocicos y los cuellos sarnosos en los drones de seven seas hasta el tope de pampers y toallas sanitayzers y casetas de campagna ancladas en la playa de flamingo bay un embarre de off en dewey culebra con olor a pino que en realidad es un concentrado de majes venenoso en aceitillo para que los muertos de su propia especie espanten a los mosquitos vivos en fin la enumeración del ocio ahora voleibol playa caborrojegna con el six pack del jugadorazo papaleo expuesto al sun tan más kavrón en pectorales con el digo y repito a mí segnorito de bien y astucia me gustaría repasar el área abdominal de papaleo con la lenguita pará da luego relajada y descansar en su belleza tropical de modelito sears de modelito stella nolasco de modelito clubman da la hora hasta que amanezca un día lluvioso sobre su pubis angelical del atlas voliboril a mí me gustaría blichearle los bucles rubios a papaleo un poco más y las cejas y pasarle agua oxigenada por los pelitos que tiene el hombre amarillento alrededor del ombligo de veras me gustaría morderles los pies suavecito a papaleo y llenárselos poquito a poco de saliva fría oxigenada calmante para que no se le vayan a calcinar las plantas ni las hermosas axilas también la isla menos las hermosas axilas de papaleo mientras juega voleibol playa con monchito su partner inseparable empanaditos de arena en shorcitos vb rags. 

Juego de escondite o análisis póstumo del juego al esconder

sexyman 

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

¿Dónde el rincón de la ciudad para esconder al hombre que se quiere comer? ¿Dónde el lugar clandestino favorecedor de morbos y mordiscos sin que se entere el enemigo rumor? A lo mejor favorece el full disclosure del contacto público y el manoseo sin estress después de la cacería. Hay una prisa de tactos y olfatos que necesita cierta conversación que la aplaque, unas palabras que vengan a darle muerte natural. Entonces pasa el estruje a ser degustación e historia con su respectiva nostalgia inmediata por la caricia ideal siempre en mente que quizás fue pero que inevitablemente -al estilo yonqui- se anda buscando con sed de animal rastrero que ha bebido torrentes de agua con sal. Cierto vitalismo invade el rush del abandono del qué dirán y el asomo del qué se joda. Uno quisiera mantener la sospecha del existencialismo racionalista y la praxis del verdadero revolucionario comprometido con la transformación social. Uno quisiera arrepechar hacia la aurora del bien común y el orden que supuestamente sirve de alfombra del OK, pero la carne jala hacia abismos menos filosóficos. La carne jala hacia el optimismo de Cándido y el carnaval de Brasil con zungas y pingas enhiestas o cricas en plena apertura de lubricada flor. Ay ay ay del detente profiláctico de los CDC federales y las educadoras en salud. Las curas en salud que no aplican cuando la hormona se mezcla con el verde esperanza y una gotita suelta de Black Label y algún fármaco over the counter de algún amigo invitacional. Un vitalismo que lucha por dejar de ser bobo en medio del anfiteatro Tito Puente el domingo primero de junio, ya exento de la Ley Seca debido a las primarias presidenciales y la parada de orgullo gay que se celebra ese día con un montón de dragas jíbaras de la ruralía nacional. Un vitalismo cojonú, si se quiere, de pelo en pecho y deseos de meterle el dedo en la boca con acelerada lujuria al prójimo a pesar del asco, tal y como apunta el maestro Arnaldo Sepúlveda en sus sonetos del hedor. Un vitalismo hecho las paces con el juego al escondite de mi ser que había llevado a término nuestra Julia de Burgos arrastrada por las cunetas de Nuevayol y que renace macho y río hombre en ciertas propuestas igual de melodramáticas y censurables en un carro Thumbird del 96 en la De Diego con cristales ahumados y un reguero de papel toalla en el dash mientras los dueños se relamen las pezuñas al son de reguetón y Red Bull metiéndose par de rayas antes que llegue la policía y los coja en plena faena del buen mamar. Entonces dicho vitalismo desemboca en la represa china que se rompió después del terremoto de la semana pasada y que se arregló en un santiamén porque son par de millones de manos chinas aguantando las grietas unas contra las otras, par de cuerpos puestos en fila así como muro de contención del death wish que les vino encima a pesar de oraciones y súplicas, doblez de rodillas e inciensos, queriéndolo o no después de la consulta de la galletita de la fortuna roja en forma de vulva loca. Vitalismo vúlvico, en resumen; vitalismo vérguico (no ya védico) sin remedio ni planes de brincos y saltos en contra de la ley de gravedad. Una orden sadomasoquista, una comía de culo bien da en medio de la rutina estúpida y el proceso de reintegro colonial. Que llega así, más allá del cheque: el vitalismo falso, no queda otro, el vitalismo imaginario pisado con gas natural y par de pastillas, (la Madre Teresa se fuma un blunt en Plaza Las Américas y le cierran la tienda de parafernalia) un vitalismo de arranca y vámonos que llegaron los tiguerones de la hermana república, con perra o sin perra amarrados a la perra vida de la capital en su eterno aburrimiento passé menos un hombre grande y sucio pero bien vestido, con algo de Jean Naté, que se venga rápido primero y despacio después para deleite del propio sujeto vitalista en cuestión y atribulado, el individuo trabajador y poquitacosa herido de “na nuevo que decir” @ “na nuevo que actuar”.