Misterio en buque anclado

De la Redacción de Estruendomudo

Distintos tonos de anaranjado pintaban el buque finlandés que estaba anclado en la bahía. La tarde sanjuanera comenzó a caer y, con ella, la última esperanza del coreano.

Nunca pensó que llegaría a jurisdicción norteamericana en esas circunstancias, absolutamente lleno de mierdas ajenas y de orines, mareado por la inhalación sistemática de diesel y justificando los buenos frutos del pago del soborno.

Pero hubo días en que el hambre y el frío que lo aprisionaban tanto como las paredes de acero de la carga del navío le torcían el entendimiento, y dudó de la capacidad estratégica de sus cómplices-captores. Pensaba en su familia buscando confianza y se sentía las palmas de las manos hinchadas en aquella oscuridad tremenda, a veces demasiado calurosa, a veces demasiado fría.

Para conjurar la avalancha de malos presentimientos que le llegaban a la mente solía acuclillarse en una esquina, lejos de los cuatro inmigrantes que lo acompañaban. Trataba de olvidarse del mareo y de las náuseas y recordar el olor más querido por él y por su abuelo durante su infancia. Era el olor del maíz picado que le echaban juntos todas las mañanas a los pollos lo único que lograba consolarlo momentáneamente. Su sostén era la presencia líder de su abuelo.

Ese día, aunque no podía ver el espectáculo de los anaranjados que anunciaban la caída de la tarde, sí se dio cuenta de que la noche estaba cerca y que, con ella, se renovaba la hipotética posibilidad de la salida. No se daría por vencido a pesar de que sus vecinos yacían tendidos y sin ánimos. Sabía inglés y había escuchado a los dos mercantes escoceses hablar de la necesidad de comprar cocaína en dólares y de la enorme fama de las putas de la isla.

Cuando uno de los captores cómplices abrió la compuerta del furgón sintió un deslumbramiento inmenso que le dañó los ojos. Su pronóstico sobre las condiciones de la luz solar fallaron.

¿Quién lo liberaba?

***

-Muévete, cabrón. Llegaste.

-John, John, ayúdame con esta plasta. Suéltasela a Rodney en lo que me deshago de los otros cuatro.

-Manuel Clavell Carrasquillo.

“…lo había sorprendido la llegada tumultuosa de los síntomas del presentimiento… capaz de armarlo con la certeza de que algo extraordinario se escondía allí, clamando por su presencia”. -Leonardo Padura

El jaguar encerrado

De la Redacción de Estruendomudo

Tanto cambiaron de color las manchas que se transformó el patrón genético de su pelaje. Aquel amarillo a la miel ya era tonos arenas y los negros perdieron su brillo de un cantazo.

La reflexión de sus ojos no le ayudaba a darme las patas para el acostumbrado saludo al amanecer porque eran pelotas opacas. Los verdes de algas marinas, oscuros y mariscosos, comenzaron a apoderarse de las cuencas. También los azules, resplandecientes, fueron transformándose en tinta calamar derramada hasta llegar al contacto de las profundidades.

Era la jaula y sus nuevas comodidades de cuatro comidas diarias. Esa rutina. Todo se le suministraba con tazas de medir y cacharros medio llenos, especialmente los de carne magra. Una vez dentro, el agua fue recargada con vitaminas y fluoruro para mantnerles los colmillos blancos. La sangre, entonces, no los manchaba y el aliento del animal -del que fuese- permanecía mentolado.

El jaguar extrañaba esa sensación de los chorros de sangre, específicamente su calentura contra las encías. Una especie de éxtasis sexual y los sueños felinos con tormentas eléctricas en la llanura y roces de cáñamos. Echaba de menos las carreras por la sabana y el cuido de los cachorros. Unas tetas de gata constantemente succionadas. De pronto, un encontronazo con las garras expuestas, el alboroto de los maullidos desaforados y los músculos exhibidos en plena función reproductora lo fueron transportando.

Allí, donde van a morir los elefantes y se encuentran las pezuñas hechas puro hueso, los cachorros reclaman a la madre y el padre sigue suelto, luchando contra la insistencia sempiterna de los enormes moscardones. Son los cáñamos que le hieren las patas y la lucha diaria para beber en el río contra las malditas garzas. Esa sed, pronunciada por el recuerdo de los chorros que es lo mismo que la sangre de su sangre que brota con presión bellaca, le devolvieron la imagen de los antílopes bebiendo. Las fauces hacían fuerza unas con otras y el jaguar enfocaba en la piel de los antílopes. Unas heridas abiertas y la acción de razgar los posibles filetes le provocaron convulsiones. Vomitó y ese vómito llegó a confundirse con su estiércol. Para los buitres esa mezcla era manjar y quedaron absortos ante las vísceras. Que se sepa, coño, el pobre leopardo no pudo seguir durmiendo luego de la presentación recurrente de las sombras de los pájaros en sobrevuelo y la risa terrible de las hienas.

¿A dónde es que van a parar esas pieles luego del trabajo de los cuchillos en plena sabana convertida en matadero? ¿A dónde?

¿Cuántos cazadores escuchan a lo lejos, para acercarse y ganar presa, por supuesto, el clamor de los surcos y el embate de los chorros de la sangre de venados? ¿Cuántos zoonogramas les hacen con las miras y los telescopios con sensores y localización satelital para alcanzarlos en pleno movimiento rápido? ¿Cuántos?

Cazar los gatos. Es la orden. Cazarlos y encerrarlos para ya mismo y de inmediato. Ahoritita, someterlos a la obediencia de los calendarios. Sin embargo, llega la visita, puntual y molestosa, para el señorito manchado: debe usted divertir a todos esos niños. Rugir y desplegar la coreografía del felino enjaulado. Por favor, no cague en frente de los amos ni de los ancianos. Muéstreles sus dotes de bebedor y la lenguita y los bigotes entintados de blanco. Corra sin matar, detrás de las palomas. Rechace la inmoralidad y el desprestigio de subirse sobre la roca y desfallecer de embuste al toque del silbato. Recalcar su felinidad, excluyendo morisquetas propias de los perros, es la última oportunidad de que se le identifique como autóctono y como buen gato. ¿Se calzará las botas? ¿Seguirá predicando que son cuatro?

Entre las vueltas, frente a la presencia de los barrotes, que son cañas de bambú, que en algún momento vegetal -en estado puro- fueron troncos secos apilados: su majestad egipcia, el príncipe de los lunares sagrados de los gatos. El sol sale para todos pero sólo quema a algunos. Son tres pirámides. Habría que preguntarles a las esposas de los jaguares y a sus primas puma, sacerdotizas, arquitectas, preservacionistas de la monolítica esfinge de hocico roto. Un click y una foto digital, señorita turista, enfoque a la narizota pétrea, arenosilla, desgastada.

Los que eran preferidos -por ser de mink-, al pasar los días en el norte, fueron de gato. Cuentan, inclusive, que pretendían escapar de sus costuras al ver pasar las bandejas de sardinas en las actividades de gala. Pasó con las ostras preservadas en cubetas de hielo. Pasó con los camarones empanados. ¡Qué sinverguenzas estos cuadrúpedos, y -chussss-, qué arrojados!

Las presentadoras y los faranduleros sintieron la energía felina al probarse los trajes y el flaco punk de aquella tarima no pudo controlar sus piernas al momento de salir de la tienda con esos pantalones printed. Era que estabas preciosa y essas pieles tenían otros ritmos y un olor penetra, unos registros de velocidades con millas por hora de carreras por la sabana.

El olor atrajo a los machos penetrantes y a las hembras penetradas en la sala y los convenció de que ellos estaban súper buenos. Hipotecaron las vestiduras rasgadas y se encandilaron. Allí mismo tomaron las vergas en sus manos. Nadie quiso apretar las mandíbulas lo suficiente para contener los chorros. Eran la calentura y la fiebre metidas debajo de las sábanas color rojo sangre. Según el informe policiaco que se levantó a seis horas de ésta, las sábanas estuvieron de más: allí no había ni una sola cama.

Eso sí, se fijaron bien y lo apuntaron, porque era la medida de todas las cosas tumbadas sobre sí, descansando bajo las sombras de los árboles de ceiba y las manchas negras, móviles, del área a la redonda que cubrían las aves. Una sensación de soledad se quedó con la consciencia de los asistentes. Lo que se quedó, en la permanencia de esos ojos plomizos de los gatos en orgía pública -transmitida en vivo para toda Suecia y Dinamarca- era una soledad caliente y un silencio de deshielo propio de algunos parajes inhóspitos de la sabana. Se avisa de nuevo: el predio predilecto de la metedera es la sabana.

Los vapores subían de los surcos abiertos en espera de las lluvias y el monzón. Los cáñamos anunciaban la cercanía de una charca y los cuerpos jaguares en la fiesta no entendían las nuevas posisciones en que estaban enfrascados. El depellejamiento y los zarpazos -¡zaz!- expandieron el radio de la lujuria de los cazadores. Unas cabezas aquí y unas pelvis más adelante los sacaron de concentración. No obstante, en el informe policial se hizo hincapié (no se olviden de los noticiarios) en el poder ilusionista de los dedos ensangrentados y las uñas despegadas. Sobre todo resultaron estimulantes infalibles cuatro lóbulos de orejas africanas… y cinco pares de nalgas.

Se encontró sangre fresca por todos lados. Las hembras menstruaron allí mismo -como yeguas- los machos expulsaron leches tibias -como cetáceos- y los pelos fueron acomodándose en su lugar original según el orden de las manchas. Miauu. uuu.

Regresó la calma y los domadores -esos hombres iluminados en las ciencias y en las artes del arbitraje- se encargaron de devolverlos cada cual, y en un proceso violento pero justo, a las mismas jaulas.

-Manuel Clavell Carrasquillo

Ante la posible eventualidad de un corralito boricua

De la Redacción de Estruendomudo

“Hace mucho tiempo que no me río de los peces de colores. Vivo desesperada por el hambre de los pueblos, el destino del país, los niños abandonados, la droga, el sexo, la soledad, la cultura, las razas; en fin, soy un resumen del mundo. Vivo concentrada en la desinformación, en los sufrimientos que intuyo en la historia de la humanidad. Pertenezco a ella. Soy una mitad angustiada por la otra mitad. Esa es la trascendencia de la cual tengo demasiada consciencia. Después, soy alguien deslumbrada porque aún llora por un hombre. El de todos los días. El que no vendrá”.
-Zoé Valdés, cubana y autora de “Sangre azul”, novela que terminé de leer el 21 de marzo de 2002.

“Por mi parte no hay lucha de poder, porque yo estoy en el poder”.
-Sila María Calderón, al indicar que está encantada a pesar de haber sido interrogada por Rafel Lama Bonilla de El Nuevo Día sobre sus viejas rencillas con Rafel Hernández Colón.
21 de marzo de 2002.

“Entiendo que este es el momento de que se vaya tomando seriamente esa decisión… Desgraciadamente hay que llamar al Tribunal Federal, porque no sé qué es lo que pasa en este país, que hay que llamar a los federales para que nos ayuden a gobernar, es increíble”.
-Adalberto Vega Vélez, director ejecutivo de la Federación de Oficiales de Custodia de la Administración de Corrección de Puerto Rico al solicitar que sean los gringos los que en persona vengan de Washington D.C. a domar de una vez y por todas al hepatítico, sidático y violentísimo Oso Blanco. 21 de marzo de 2002.

“Gente como Steven Speilberg y George Lucas hacían las cosas a su manera. Son increíblemente talentosos e individualistas. Luego vino un tiempo en el que parecía que estábamos dispuestos a aceptar cualquier cosa que tuviera mucha acción o efectos especiales, y ya. Con poca historia, corazón, creatividad. Pero creo que ya estamos cansados de eso, y hay películas que así lo demuestran”.
-Dee Wallace Stone en ocasión del regreso de E.T. a la pantalla grande, luego de veinte años de barroco extraterrestre. 21 de marzo de 2002.

Amigos:

Les comunico que acabo de sintonizar, como todos los días de la semana, mi espacio televisivo favorito: Impacto a las doce, que en este país se transmite por el canal 144 de Adelphia a las 11:00 en punto de la mañana.

Para el beneficio de los que doblan su espalda de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., y “sudan la gota gorda” en sus oficinas acondicionadas para poder pagar los días quince aunque sea los atrasos del cable TV, este excelente programa conducido por el espigado presentador y periodista argentino Mario Viale transmite en vivo estampas muy pintorescas de la cotidianidad argentina que incluyen, entre otras cosas de menor relevancia histórica y política global, las manifestaciones de doñas clasemedieras excecivamente perfumadas y emperifolladas que -cacerolas en mano- exigen sus dólares secuestrados por los bancos.

Hay también -no se sorprendan- pálidos hemofílicos que desfilan bailando tango por las avenidas principales de la ciudad hasta congregarse frente al Ministerio de Salud para reclamar unos cuantos litros de sangre fresca porque ya en el país la corrupción ha llegado hasta el punto de que la gente desconfía tanto del discurso oficial que ha dejado inclusive de puyarse para donar.

Además, -aunque parezca algo bajo, vil y surreal- he visto unos cuantos cientos de muy bien empaquetados salvavidas que han decidido recorrer a pie -ataviados sólo con minúsculas tangas y armados con estruendosos pitos- el camino que va desde Mar del Plata hasta Buenos Aires para reclamar sus sueldos atrasados por las mareas altas de la política fiscal, provocada por los que también administran desde la Casa Rosada sin falta o demora la cantidad de peces de aguas inglesas que debe ingerir cada pingüino que decida pasarse unos días de vacaciones australes tomando el sol en los privatizados icebergs de la Tierra del Fuego.

Les confieso, amigos televidentes, que esto lo presencio con ojos de aspiración primermundista acostadito y muy bien arropadito en el cómodo futón que preside mi sala del condominio Borinquen Towers, a pesar de que tengo la opción de sintonizar a la misma hora el ámbito portorricencis, donde desde los estudios de Telemundo Eddie Miró se ajusta nuevamente el peluquín y, al grapárselo bien en el coco para disimular su calvicie, se pregunta ensimismado que cómo es posible que La Comay lo haya abandonado justo ahora; cuando tiene que dirigirse al pueblo puertorriqueño para presentar al Doctor Tilleras sin Mariano y Rosita, y, para colmo de males, sonreír para todos a pasar de que en el canal 4 ya Cielito Rosado se encarga de que la cámara la capte empuñando el abridor mohoso que destapará la nunca bien ponderada lata cuadrada de Tulip -en especial- que protagonizará la receta televisada de hoy: nada más y nada menos que una sabrosa bola de jamonilla glaceada con syrup de piña Del Monte, servida en los platos plásticos que distribuye en toda la isla Matosantos Comercial, ello como medida cívica de servicio público que busca asegurar que no falte en cada fiesta de marquesina el embarre sagrado para acompañar las galletitas Ritz que (si no se custodian bien en las bandejas durante el merengazo y el perreo del quinceañero o el class day) inevitablemente pueden rodar por el piso junto al sacrosanto líquido chinita de la emblemática garrafa Tupperware de Cool Aid Lite.

Pero amigos, disculpen el desvío nacionalistoso, es para que tengan contexto de la TV boricua ahora que me dispongo a cruzar hacia aguas internacionales. Hoy he visto el colmo de los colmos y se hace imperativo comunicárselo de inmediato: una señora de cincuenta y ocho años, bonaerense de nacimiento y pobre posmoderna por obligación- se levantó muy temprano para ultimar los detalles de su fiesta de cumpleaños, con sombreritos en forma conífera y todo.

Para completar esta ceremonia anual, esta vez era necesario que la doña saliera a la calle Corrientes y retirara dinero de la sucursal más cercana afiliada a su banco, el Banco de Boston.

La señora, ni corta ni perezosa, se viste, se maquilla, se perfuma, organiza su cartera, se pone las gafas y llega al lugar.

Allí, luego de hacer una fila de gente que le daba la vuelta a la manzana, le pide a la cajera su dinerito para comprar la torta y las velitas, que es hora de cantar.

Acto seguido, la dependienta disimula, entra su número de cuenta en el terminal que tiene de frente y luego de unos minutos de browsing le comunica: “Doña, lo siento. Su transacción no puede ser procesada en estos momentos, de tener alguna reclamación diríjasela al Presidente. Sus ahorros están en el corralito, recuerde que es por el bien de todos”.

La señora, abiertamente molesta y profundamente desilusionada, procedió a extraer de su cartera un frasco de acetona. De inmediato, se roció el cuerpo con su contenido aséptico -por no decir purificador de uñas plastificadas- y se prendió fuego a la vista de todos.

***

Las cámaras de Mario Viale no lograron capturar el momento, pero sí he visto en directo y a todo color la secuela sangrienta en la prensa amarilla, es decir, el momento en que los paramédicos le cubrieron el rostro parcialmente carbonizado a la señora para montarla en la ambulancia y “protegerla” del acoso de los periodistas y -por supuesto- cuando los médicos se han pronunciado y han dicho que “se trata de un hecho lamentable que nos ha tocado a todos, pero lo importante ahora es que la paciente está estable”.

El resto es historia: se ha entrevistado al marido, que comentó sobre la ilusión desbaratada de su esposa precisamente el día de su santo. Se ha entrevistado a las hijas, que narraron cómo mami se había levantado tan temprano para adobar con chimichurri su sueño americano frustrado por la inutilidad de su tarjeta de débito (ATH). Se ha entrevistado también a los vecinos, que hicieron un recuento a lágrima viva sobre lo buena que era y lo mucho que gozaban juntos a la hora de pasear los perros en la continuidad de los parques del barrio.
Pero lo que no se ha dicho es que ese sonido estremecedor de las cacerolas vacías que golpean día tras día los argentinos, y ese olor a chamuscado del moño de la doña arrebatada, no parecen haber llegado hasta las costas de Borinquen la Bella.

Rara alienación la nuestra ¿verdá?, porque aquí no hay excusa para no disfrutar de la comparación crítica de los aromas podridos de la corrupción que corroe nuestras venas abiertas de América Latina. Señores, aquí no hay excusa, porque aquí el ex gobernador Pedro Rosselló la paseó por los vericuetos de los 78 municipios vestidito de cuero negro y montado en una Harley.

Sin embargo, lo que me preocupa no es eso, lo que me ha echo levantarme de mi cómodo futón para escribirles estas inútiles líneas es que mi aspiración primermundista se ha vuelto a estremecer irremediablemente. Tanto, que ahora los convoco a un Break de la Esperanza vía cibernética para ver si recaudamos fondos en pro de la cirugía plástica que reconstruirá la desmejorada faz de aquella doña que, como yo, sólo pretendía volver a soplar las velitas sin tener que acordarse justo en ese momento Gabriel García Marketing que las estirpes condenadas a cien años de soledad -a pesar de los loables esfuerzos de la Fiscalía Federal y a pesar de que nos prendamos fuego en ceremonia aquelarre colectiva- no tenemos una segunda oportunidad sobre la Tierra.

PS: Can the subaltern speak?
Un abrazo boludo para todos,

Manny

21 de marzo de 2002

Esta carta forma parte de mi libro inédito “Cursi, kitsh y queer: Correspomdencia cibernética”, que aparecerá pronto en la casa publicadora virtual http://www.carnadas.org. Me parece pertinente reproducirla ahora, justo al comienzo de la debacle nacional.

Cómo comerse un poema y que siga botando caldo: ‘Cannibalia’, de Rafael Acevedo

[presentación del poemario ‘Cannibalia’ realizada en la librería La Tertulia/Latino Fever en el Viejo San Juan, 15 marzo 2006]

Por Félix Jiménez

Especial para Estruendomudo

Todos queremos un canto de alguien. El pedazo más bueno, el que mejor esté. De alguien en este salón ustedes quieren un pedazo. O pueden muy pronto quererlo. No hay duda de eso. Las imágenes, para más, lo que quieren es comerte y que las devores, y todos siempre estamos a la altura del canibalismo que soñamos, el que nos deleita por dentro, y a veces por fuera. Para eso es que estamos aquí en, de todos los lugares posibles, un lugar con mesas y cubiertos que siempre esperan carne propiciatoria. Hoy, sobre todo, las idas de marzo, unos cuantos minutos antes de que comiencen a desangrarse Puerto Rico y Cuba en una bacanal de cuerpos entrándose a palo limpio. Con bates y bolas, alguien va a comerle el culo a alguien.

Vuelvo a leer la historia de Armind Meiwes y Bernd-Jurgen Brandes y comparto con Theodore Darlymple su impresión de esa página reciente de la historia alemana: Esta es una historia que no me parece terrible, ni triste ni patética y mucho menos irracional. La historia es como sigue: Brandes, un técnico de computadoras de 42 años, contesta un anuncio internético en el que el alemán Meiwes, un técnico de computadoras de 43, busca a un hombre que quiera ser comido. El anuncio decía: “Busco un joven bien formado que quiera ser comido” y el requerimiento simple lo lanza al mundo a través de su computadora. Lo quería de 18 a 30 años, preferiblemente rubio, y flaco. Recibió a un cuarentón apetitoso, fuerte y de pelo negro. Pero a la hora de devorar, bueno, sabemos como son las cosas. Lo que hay es lo que hay y, casi siempre, lo que está al lado es lo que debe haber.

Del primer hombre, fortuitamente, llega el mensaje al segundo. Uno quiere comer y escribe buscando su deseo. El otro quiere ser comido y lee, y escribe y responde a ver si alguien le hace su deseo realidad. Aquí la transacción entre la carne y la boca es intransitiva. Ellos comen mucho. El deseo de uno es el deseo de otro, y punto, reversible y cóncavamente convexo. Y es en la alineación de esos deseos que desemboca la acción. Porque no hay acción sin alineación. Así que en el día triunfal para ambos, el día en que descorren los siete velos de sus fantasías y la hacen realidad, Brandes – según cuenta su compañero de aventura – parecía estar de buen humor. Según su versión, ambos tenían en común el humo, el placer de fumar. Así que antes de proceder a entregarse a la boca del otro, el hombre que sería catado todo le recordó a su comensal que con él tendría una larga noche. “Querido, sabes que la carne ahumada dura más, verdad?”.

Después del recordatorio de fumador, Brandes procede en éxtasis a cortar y comer 44 libras de la carne de su más instantáneo y fugaz amigo. Y grabarlo para su posteridad. La primera y última cena que tuvieron juntos en esta exacta – y perfecta – relación fue el pene a la brasa de Brandes, pene flambee – con un diente de ajo y pizcas de sal y pimenta- que degustaron antes de que su amigo le traspasara el cuello con un puñal para proceder entonces al plato fuerte. Y se come el caníbal de Meiwes la carne de su hombre, que resultó ser la carne de de René, el hombre al que Branes, en su testamento le dejó su herencia toda. Y en su testamento, precisó que quería ser comido.

Caníbal es, o puede ser, la palabra. Pero, comensales, la contemporaneidad del canibalismo también es evidente en los libros que nos comemos. Porque comelibros somos. Y comecarnes queremos ser. O viceversa. Desde el principio de su Cannibalia, Rafael Acevedo lo tiene bien claro cuando escribe en el segundo poema, “Tipología”, que en el centro de todo este embrollo de comer y ser comido está la carencia. Se consume y se consuma “para saber/qué me falta, qué te sobra”. Esto nos dice, en rápida sucesión del primer poema, “De los caníbales” en el que especifica que se desatan desde el principio las tiras de carne aderezadas lamentablemente sólo con “palabras como especias/de un continente recién descubierto/crudamente”.

Si dejamos, entonces, que nos alarme el deseo que la Internet posibilta – se considere “racional” o no (¿qué es un deseo racional?), o “legal” o no (y no nos debería alarmar), entonces que podemos sentir ante este otro y más íntimo canibalismo consensual, frente a un poeta que nos come con su intento de alinear nuestros deseos a la experiencia de su carne. Fuera del circuito de la tecnología seudosofisticada y de la virtualidad (que, como vemos, sí pueden hacer realidad las fantasías carnales), ¿es posible todavía ser primitiva y felizmente consciente de las crudezas que deseamos, y de cómo las queremos aderezar? Se puede. Cannibalia pone la piel que asesina, porque registra que – ya- la primera responsabilidad de un ciudadano, y de un estado, es comer – como sea, y a cualquier hora. Son 40 poemas, una cuarentena de sangre calibrada y coagulada, que ordenan dar el mordisco en el momento menos pensado, o lamerse las marcas de los dientes de otros que no por no sentirse duelen menos. Es la circularidad del canibalismo la que se reproduce en el libro, llamada por muchos nombres. Cannibalia no dosifica su insaciabilidad. Es un manual de cómo decirse caníbal – porque lo somos – sin encontrar reparos en el gesto de comernos vivimos diariamente.

Así, comer o no comer es la cuestión de Cannibalia, y cómo y cuando comes, o -si no- porqué y cuáles son las consecuencias. Acevedo, ya desmembrado, se prepara a desmembrarnos. Dentro del nombrado universo están los niños de Kabul, que saben, con inocente y visual teleología, “que debajo de su piel hay escondido un esqueleto”; Amin Dada, que se come a su chofer, a su jardinero, a una bailarina, a un pianista de hotel y goza y se relame y es y no es; y a los que, sentados frente al congrí el Metropol “se sirven cicatrices de relatos/con el pollo deshuesado del exilio”. Caníbal es el gentilicio para acabar con todos los gentilicios. Pero también la globalización es un kama sutra de posiciones devoradoras. Para comerse a los comensales que devoran el universo, hay que saber cómo se muerden los comensales en las gloriosas cenas de la Gran Familia Internacional, el Grupo – de los 7, de los 7 más uno, de los 8 – que en algún momento “devolverán sus estómagos al probar / el sabor amargo de sus propios cuerpos”.

“Comerse un estado es comerse un cuerpo”, escribe Acevedo. Entonces, también aquí dentro, las carnicerías de la guerra no tienen sustituto, y según Acevedo no hay moratoria posible si ya desde adentro se desplaza a todas las geografías posibles – desde la cama al garete a la ciudad al garete a los suburbios erotizados – y se excita con la polis gastronómica, o con el ágora que se evoca cada vez que hay fantasías de igualdad o de cómo ser o haber sido caníbal en la Grecia Antigua, o saber que “ser asesino cansa”.

Hay que tener estómago para las 44 libras carne que se comió el alemán, y deseo del bueno y del perverso para las 40 de verso en carne que se chorrea por Cannibalia. Pero todos queremos un canto de alguien. En el epígrafe de Clarice Lispector, que abre la segunda parte del libro, nos recuerda póstumamente la brasileña que quizás si no comiéramos pollo cocido en su propia sangre, comiéramos gente en su sangre. Pero es que lo hacemos, delirantemente, febrilmente. Somos Meiwes y Brandes en una sola carne, aunque no mordamos, y nos perdonan, y nos perdonamos, el colmillo y “la mirada de perro alucinado” que no se nos quita de los ojos. Nos queda, entonces, el simulacro placentero.

Sabiendo quizás que ocurren 3,527 actos de comer y dejarse comer por segundo, Acevedo termina su recorrido con un vespertino interludio, una merienda en la tarde, un buen repas de esos horizontales, un banquete en el que te dejan esperando más: ese desmembramiento encamado o la camada de desmembramientos que también puede ser lo que todos queremos aunque no pongamos anuncios. La destrucción que se solicita, “culmina con tu mordida suavemente caníbal / danzando / en el olor a biblioteca quemada – carne, saber – que es el mundo”. Y carne, sabor también en las mandíbulas de la desnudez a las que él y todos sabemos ser agradecidos. Como súplica, pidiendo más, el libro se va cuando el que escribe siente que lo destrozaron de placer. Destasajado dice: “qué gran bocado han tomado de mí”. Que todos siempre seamos tan afortunados.

Félix Jiménez es profesor de Comunicación en la Universidad del Sagrado Corazón y autor de los libros de crítica cultural “Las prácticas de la carne” y “Vieques y la prensa”.

Más crítica sobre el poemario Cannibalia en el blog Ohdiosas, de Mara Pastor. 

Gaika:’No se distingue entre la falta de fe, coño. la falta de fe, carajo’

unos lectores españoles me buscan. les presento a mi perra Gaika, que es vasca exiliada. ella les ladra porque los reconoce catalanes furibundos, nacionalistas de TV3. gaika no entiende razones de conservación de lenguas y las prohibiciones del castellano a las horas pico. para ella es mejor que cada quien hable lo que quiera y le venga en gana, sobre todo si está bien financiado con subsidios gubernamentales. luego, la perra quiso comentar sobre la situación de los impuestos. nadie paga. nadie quiere pagar. todos en el chupa chupa de la teta y ninguno en las aportaciones para las curas de los hospitales públicos sin aires acondicionados y sin sueros disponibles a tiempo, porque se equivocan de pacientes. en la cama de al lado estaba moviendo la cola un pequinés, porque ahora los pequineses también lloran y exigen. como tienen ciudad olímpica, bueno, y son bastantes, pues exigen. un poeta pasa por la sala de espera porque así lo ordena el libreto y declara que no lee nada que se publique en internet porque se le cansa la vista. gaika vuelve a ladrar y se burla con otros tres ladridos de su nostalgia decimonónica. no hay peor poeta que el que no quiere ver, me dice la muy espabilada. entonces comenzó la persecución de dragas en medio de la ciudad lluviosa. siempre se meten en el medio par de escandalosas dragas. el poeta no supo qué hacer mientras otro poeta estúpido le robaba las nalgas de su novia. recitó, pues. la perra se descontroló y hubo que amarrarla, no podía parar de ladrarles a los travestis. no vaya a pensar, señor extraño, que por ser travestis andan con refinamientos; todo lo contrario. la gente común de los incautos -los que nunca se han puesto par de tacas- piensa que los travestis son bien fashion. es una moda que se ha regado por ahí y la repiten por cable. de momento el sol les quema esos bíceps a los muchachos y esos abdominales y las dragas esperan que eso deje de resplandecer para ellas, entonces sí, apoderarse de las formas esqueleticas, muy montaditas en trajecitos para escenas, se ha dicho que lluviosas. los celos de las que se venden en las esquinas son terribles contra las que se pasean por las pasarelas de los bares de mala muerte. son dos partes de la ciudad que uno ve y siente cuando pasa por allí en auto. tuve que echarle gasolina, carísima, a ese auto de mierda. me estacioné. chocaste de cabeza directito contra el parabrisas. luego me acusaron de frontú, de alfiletero, que es lo mismo que de cuatro disparates lanzados al aire y el ciberespacio con la memoria llena, como los tanques. ay mi madre, cuánto los quiero con uniformes militares para que me fuleteen el tanque y ellos siguen rechazándome, presentando cargos en mi contra. todos en fila en el cuartel, haciéndoles la señal de los ñetas a los guardias. uno ha sido contratado dos veces para resolver asuntos presupuestarios en la secretaría de hacienda, municipio autónomo de manatí, al norte de la isla del encanto. es la atenas, la atenas de puerto rico le llaman y ella que se deja, la muy sucia despechada. especialmente para ti, trovador, unas líneas de devórame otra vez y he mojado mis sábanas blancas. unas líneas de polvillos blancos para que te las lleves en la valija hasta la próxima aduana, donde tendrán que poncharte los sellos y lacrarte los empalmes. ¿what the hell is that de lacrarse los empalmes? ella marca los números y llama. yo estoy atado con unos cueros negros que me puso un abusador de pueblo pequeño y una mordaza de película porno setentosa. me pregunta por el otro y yo me niego, me niego a reprocharle una y otra vez que es una perra parecida a gaika: perra, cabrona, mamasita maltratante: ¿por qué me las estás pegando? fui una de las pacientes que soportan hasta pesas con vidrios quebrados en los callos. fui una de las penitentes, escupidas, disfrazada de draga y medias nylon con lentejuelas muy mal puestas. tod por culpa tuya, que bastará para sanarme. fo, me poso como mariposa en cuclillas frente al altar y pido perdón ahora. pido perdón por todas mis rabietas y mis transformaciones sin aviso y esto es para la madre patria -salud- y el agente judío que escribió la metamorfosis para ocultarle a las autoridades que era tuberculoso craso. esto es para que me publiquen a mí también en españa, como a mayra. porque yo me lo merezco y sony más que bien bello, darling. yo quiero los laureles y quiero la fama y quiero el nombre que retenga las consecuencias de toda la tradición hispana. soy la dueña de gaika, veo telenovelas en inglés, the young and the restless y porque sí me tienen que querer tal cual y molto tempo. me tienen que adoraaaaaaaaar. fue contigo que mejor gocé aquellas erecciones tipo bolero en una sola loseta y las venas de la carne negra se me hincharon. estuvieron, en la presentación de la revista, hablando de culos toda la noche. embellacados. los chorros de la sangre encabritada hacían pose de un estruendo terrible, como si todo nuestro amor estuviese ataponado luego de haber fluido libremente por cinco cañerías interconectadas, pero mohosas. dale destape. se supo, pero se supo tan y tan tarde que me vine así, muy lento sobre tu rostro amoratado. creo que fue el rash y los espermatozoides ácidos los que te colocaron entre las carnecitas del cuello esos moretones. pasamos a la benadryl líquida y sus retrofractales y a la próxima película porno. exploramos los tejidos con carbono 14 y gaika diagnosticó residuos de dna fechados en los tiempos de los primeros cristianos. regaditos por ahí, como en perímetro arqueológico del imperio medio; como antique egipcia y gatos momificados con tiras de algodón del fino. se lanzaron al ruedo ellos con sus tetas y sus vergas operadas, todo el masacote menos los huevos y con los sacos guindando a pesar de la perfección quirúrgica de todos aquellos bendajes que les pusieron los sacerdotes del maldito templo. she males, dijo gaika entre ladridos intelectuales. she-males, fueron clasificados. ella siempre tan zoóloga. allí fue que finalmente se hizo la calma y la luz en las tinieblas de nuestros pasos inconformes o dubitativos, nunca los perros de bien, nunca saben. sólo ladran. se volvió a mencionar el culo. bien se sabe lo que ya se ha dicho: san juan de puerto rico está allá afuera y está esperando. es un gran culo que espera y late. en san juan de puerto rico los restaurantes cierran a las once de la noche y en madrid no ha comenzado la movida de las tapas. eso es así, y nosotros dos nos bebemos la champaña y brindamos por estar en puerto rico, nuestra bendita patria. no se quejen más, cantos de pensuacos, gritó la perra de mi vida, gaika de mi corazón espinado. no se quejen y a trabajar se ha dicho, porque los impuestos va a haber que pagarlos y las planillas de contribución sobre ingresos habrá que rehacerlas a la medida de los periodistas que reportan aquí con anteojos partidistas y unos bolígrafos correctamente entintados. unos creen fielmente en el estado libre asociado como colonia maravilla. otros creen en el estado federado con los estados unidos verdugos de irak y otros creen en la independencia nacionalista, como los vascos apestosos, según los antiliberales. las vascongadas son las provincias en las que se compra más caro en españa. otro dato inútil. los más ricos y los más separados pero son nuestros queridísimos hermanos. no les digo yo, la perra: “la falta de fe, coño. la falta de fe, carajo”.

la foto:

nada tiene que ver con todo esto.

-m.c.c.

La seducción de los castrati

In Opera, a Different Kind of Less Is More: ‘Handel and the Castrati’
By ALAN RIDING
The New York Times

LONDON, April 13 — More than most art forms, opera demands a suspension of disbelief. For a long time this included accepting that a man could sing with the voice of a woman. It was not a natural gift, but the results often drove audiences wild: castrati, as they were known, were among the rulers of the 18th-century opera stage.

True, most of the Italian boys who were castrated to preserve their unbroken voices never achieved fame . Yet enough did to encourage some impoverished parents to allow one or two of their sons to undergo this pre-pubescent mutilation. In the 1730’s, it has been estimated, as many as 4,000 boys were so altered each year.

Intense musical training followed, so that, by their midteens, the youths were ready to sing in church choirs. Then, with opera all the rage from Naples to Venice, the best voices were selected by theater managers for the stage. A few became stars across Europe. Those seeking the highest fees headed for London, where Handel was presiding over a boom in Italian opera.

“Handel and the Castrati,” a revealing small show at the Handel House Museum here through Oct. 1, tells their stories. On display are a few objects, including an 18th-century iron “castratori” instrument, as well as paintings, engravings, music scores and recorded excerpts from Handel operas and oratorios, with castrato roles now sung by counter-tenors and mezzo-sopranos.

The museum is housed in what was Handel’s Mayfair home from 1723 until his death in 1759, so it is likely that some castrati also sang here. And to hear how they might have sounded, there is a rare castrato recording from 1902. In a soprano voice a tad thicker than that of a woman, Alessandro Moreschi can be heard singing Gounod’s arrangement of Bach’s “Ave Maria.”

By all accounts, what distinguished the castrato’s voice was that it combined a woman’s range with a man’s lung capacity and muscular strength. In fact, many castrati were unusually tall. And, having undergone musical training at a time that their rib cages were expanding, they were particularly adept at coloratura and other ornamentation typical of Baroque opera.

They became necessary, however, only after the Vatican banned women from church choirs in the mid-16th century. Thus, if Monteverdi wrote four castrato roles for “Orfeo” in 1607, it was also because no women could sing them. A Vatican decree prohibiting castration was evidently ignored: Moreschi, nicknamed the Angel of Rome, joined the Sistine Chapel Choir in 1883.

Still, by the 18th century, women were also singing onstage, with Faustina Bordoni and Francesca Cuzzoni among the stars of Handel operas after that German-born composer moved to London in 1711. Yet such was the aura surrounding Italian castrati that Handel created several operas around their crowd appeal, starting with his London debut opera, “Rinaldo,” and the alto Nicola Grimaldi.

The castrato most associated with Handel, however, was Francesco Bernardi, better known as Senesino, who was born in Siena in 1686 and was already a legend by the time he reached London and sang Handel’s “Radamisto” in 1720. He also sang in the premieres of “Giulio Cesare,” “Orlando” and “Rodelinda.” By the time he returned to Italy for good in 1736, he was immensely wealthy.

If Senesino was often moody, Handel had more trouble with Giovanni Carestini, who had a two-octave mezzo-soprano range and was described by one contemporary as “tall, beautiful and majestic.” Legend has it that Carestini rejected the score of “Alcina” as insufficiently brilliant. This show records Handel’s furious response: “You dog! You think you know better than I do what is best for you to sing? If you don’t sing, I won’t pay you.”

But Handel needed Carestini because he alone could rival Carlo Broschi, known as Farinelli, who was arguably the most popular castrato ever and who, to Handel’s intense displeasure, refused to sing for him. Worse, Farinelli performed for Handel’s competition at the Opera of the Nobility.

Evidently, star castrati could afford to be capricious. One, Luigi Marchesi, refused to appear in any opera unless he made his first entry on horseback, singing his favorite aria. Two of Handel’s castrati, Gioacchino Conti, known as Gizziello, and Gaetano Majorano, known as Caffarelli, reportedly carried their rivalry back to Naples with them.

What mattered was that they could fill a theater. And in this, their mysterious sex appeal, to both men and women, was a factor. No greater expert than Casanova wrote of one castrato: “To resist the temptation, or not to feel it, one would have had to be cold and earthbound as a German.” Further, many castrati were said to be virile sexual partners for women, not least Caffarelli, who was famously chased by his mistress’s husband.

Indeed, some English satirists took delight in suggesting that the expensive presents given to castrati stars were tributes to their talent in bed, not onstage. Or as one 1735 ditty put it: “Think’st thou for empty Sounds they thus present;/ Thus they give out, but other Things are meant.”

Another 1735 pamphlet, inspired by Hogarth’s “Rake’s Progress,” even suggested some envy:

Who would not be unmann’d to gain
What they with so much Ease obtain?
For tho’ they lose the Pow’r of Harm,
The Women know they yet can charm.

The castrati era lasted through Mozart into the 19th century. Meyerbeer’s opera “Il Crociato in Egitto,” performed at the Teatro la Fenice in Venice in 1824, is said to be the last work written for a castrato, while in 1844 Paolo Pergetti became the last castrato to appear on a London stage. In 1870, Italy finally banned castration, and in 1903 the Vatican excluded castrati from church choirs.

By then, of course, sopranos and tenors were the opera superstars. Yet, in a sense, they benefited from the castrati legacy: the tradition of adulating opera singers was not only well entrenched, but the difficult and temperamental personalities of divas — and divos — were also somehow expected. Still, even the most adoring fan today is likely to emulate a woman’s heartfelt cry in 1735: “One God, one Farinelli.”

La escritura vertiginosa de “El DesPedazo”: Carta de Rodrigo Köstner sobre lo último de Yara Liceaga y El Agente Katalítico

Por Rodrigo Köstner

Especial para Estruendomudo

Decido finalmente echar a un lado los libros y el trauma de estos días para picotear un poco sobre el teclado y hacer (que hago) algún comentario sobre estos textos a cuatro manos que me has enviado. Arrimo, por cierto, un buen café para contrarrestar el frío de un otoño que comienza tener vocación de invierno. Arrrgh!

Así, de entrada y sopetón, me parecen alegremente escritura de palabra reventada, ¿sabes?; de palabra rota y dispersa cuyas esquirlas, más que arrastrar o buscar un significado, se disparan en contra de cualquier complaciente horizonte de expectativas en función de retar al lector y moverle el piso desde donde cree que puede intentar proyectar alguna fijeza de sentido. Metralleta abarajada contra el ojo. Escritura de gremlin ésta. Escritura en vértigo, pues, que pone palabras en rotación y fugas a manera de un hilaje escurridizo con tal de materializar un discurso (esquizo) que aspira a la opacidad lúdica y móvil de desdecirse. Aquí no sólo desaparecen las tranquilizadoras delimitaciones autoriales, sino también el cobijo de cualquier apalabramiento con ancla para posibilitar, en cambio, el acontecimiento de un flujo de signos y más signos que se resisten (casi totalmente) al significado. Todo esto me hace recordar la interpretación que Jameson ofrece sobre el videotexto en aquel ensayo del surrealismo sin el inconsciente. Exquisito cadáver.

Algo arroja luz, sin embargo, en medio de este saludable y sabroso caos con intercalación musical ochentera. Y ese algo lo encuentro en el título del primer texto, en específico lo que tiene que ver con el devenir literario puertorriqueño. En todo caso, es así como puedo o como quiero al fin leerlos. Me enfoco en esto, entonces. Más allá de alguna que otra referencia directa (Gallego, por ejemplo), lo anterior se me confirma en la apropiación que se hace de algunas imágenes ya privilegiadas en el ámbito crítico y cultural de la interpretación isleña: la casa gelpiana, el despertar andresjimeniano vinculado con el pesadilleo y la sobreviencia, y cierta noción de angustia e incomunicación. (Como ves, los textos los leí en conjunto; no por separados). Quizás, en el fondo, estos textos graviten en torno de una transgresión contra tales imágenes. En la misma medida en que las nombran, las sacuden con despellejamiento, los rompen y los somenten a precipicio. Silvina, decididamente, tiene que caer. Escritura epiléptica, ésta, entonces. Escritura convulsa que lleva al mismo acto de la textualización (y a su forma trepidante y desestabilizadora) los rechinates cimientos que oculta la casa, el agrio tufillo que adviene con el despertar, el goce de la incomunicación. Silvina ha caído. Ahora hay que mostrar su desfiguración ósea, la retorsión corporal, la delicada lloviznita de sangre que brota de la comisura de dos labios en desuso ya para siempre. Sweet dreams are made of these. Ah, y su ausencia. Escritura de materialización ausente. De la arenilla que deja el movimiento de estas letras se intenta una interpretación (aunque sea fallida). Se habla por lengua de borracho. Claro que sí.

Sin duda que hay otras entradas pa meterle mano a estos textos. Yo decidí dejarme llevar por una mera intuición y merodear en torno tan sólo un poco. Quisiera tener el tiempo para demorarme un poco más en ellos. La inclemencia de estos días me lanza a la trampa. Agradezco el gesto de confianza al hacérmelos llegar. Es realmente estimulante esto que haces en colaboración con otros. Tienta.

No mucho más por hoy. Me espera la obra abierta de Umberto Eco. Yo preferiría, en todo caso, pasar la noche leyendo las máximas de La Rochefoucauld. Brrr.

Rodrigo escribe regularmente en su blog, Puta Madre.

Tú gozoso y sin lamentos

Sales Viernes Santo del apartamento y te vas a la calle. Llegas a la playa.

Choca la alegría de los macharranes de Santo Domingo con la idea sociológica que impone penas a un pueblo colonizado. Se supone que sufras mientras esperas libertades. Ponen reggaetón y celebras el movimiento de las carnes de la negra celulítica, la tranquilidad de las calles sanjuaneras.

Todos se han ido de la capital, excepto unos cuantos que disfrutan. Vas de noche a fumar pasto en la orilla de la mar que da a la avenida Ashford. Fumas bien, leyendo un buen libro del Ché M: “Secretum”.

Es de noche, no hace frío, sólo tiritas por el abrazo solidario que brinda la chamaca.

Son cuatro dólares cada cervecita

y escuchan música

de los 70

en una terraza llena de maricones

turistas

gringos.
El vacío lo llena el salitre y a ti te llena la esperanza. La ciudad se regenera, están limpiándose con la lluvia de unos pocos las aceras los peldaños y cada una de las carnitas de tus labios. Sía. Que así sea. 

La noche sabe a frappé de fresa sazonada con hierbabuenamarihuana, continúa el reggaetón haciendo escante con tu idea de la pena colectiva y el estancamiento del barrio.

Tú sólo gozas

-han cambiado tu lamento en baile.

m.c.c.

De “El catecismo”, de Marta Traba o el comienzo de otro misterio

Al principio la gente no notó su rareza, ya que los oficios, los bautismos y los pleitos se arreglaban siempre de puertas adentro. El drama comenzó cuando lo llamaron para decirle la extrema-unción al primer agonizante que hubo en el barrio y se encontraron con que el cura colérico, fuera de sí, daba grandes voces mientras paseaba por la sacristía como un tigre, diciendo que llamaran a otro cura porque él no podía poner los pies en la calle, de ninguna, de ninguna manera. Fue imposible arrancarle una explicación. Los parientes, que enseguida se convirtieron en deudos sin que hubiera tiempo de llamar a otro cura, habrían hecho el escándalo del siglo en otras circunstancias; pero era tal, según cuentan, la angustia del cura, tal su temblor y sus sudores fríos, que frente a ese espectáculo de demencia incontrolable, se retiraron prudentemente. Al día siguiente era domingo y no faltó nadie, ni siquiera los sempiternos ateos, para confrontar la historia de la locura del padre que se había regado como pólvora.

 

“Pasó así”, 1968.