Pesadillas de Guillermo Gómez Peña

Escribe Manuel Clavell Carrasquillo

gomezpena largeSueñas que has llegado justo a tiempo a un performance de Guillermo Gómez-Peña en Salt Lake City. Tienes la sensación de que se trata de un artista famoso que se volvió loco luego de salir de México expatriado y lanzarse a vivir del cuento en los parchos latinos de los Estados Unidos; sobre todo en L.A., Califas. No te equivocas.
Intuyes que los constantes cruces de fronteras lo han convertido en un freak de la confusión de identidades y que ahora hace una parada breve con la intención de escandalizar mormones como parte de su cruzada anti-hegemónica y pro-inmigrante.

Así explicas por qué sus ayudantes te ordenan hacer fila para entrar al escenario según un estereotipo de raza: la gente “de color” pasa primero al show mientras los mestizos y los blancos monolingües continúan excluidos por el poder de ese chicano desubicado que posa como agente destructor de las cosas más sagradas. Es la hora de esperar afuera. Por primera vez eres el último de la cola.

Sales perturbado de aquel circo posmoderno, solidarizado con los que después de haber pasado horas allí opinan que no han entendido absolutamente nada de la bizarra puesta en escena, y escondes en una caja fuerte los golpes que le dio el artista a tu conciencia. La volviste a abrir años más tarde –en la misma pesadilla–, un sábado en que fuiste a la librería La Tertulia del Viejo San Juan, y tropezaste con un libro chinita fosforescente titulado Bitácora del cruce. Era la recopilación de los escritos más importantes de Gómez-Peña realizada por el Fondo de Cultura Económica para que sus palabras alcancen no sólo a sus fans, sino también a las aulas superiores y universitarias.

Decides leer en desorden a pesar de que el escritor y sus editores (entre ellos nada menos que John Ochoa y Julio Ortega) escogieron una secuencia que comienza con trabajos de los años 70 y termina organizado más bien por temas. Dando vueltas en la cama, leíste algo atrayente: “Nosotros intentamos ofrecerle a la audiencia el sacrificio y el espectáculo de nuestros propios cuerpos ‘de color’, desnudos, distorsionados y exagerados por los medios de comunicación; les ofrecemos el espectáculo de nuestros cuerpos heridos por la cultura popular, erotizados por el turismo cultural, y a la vez, mediatizados por las nuevas tecnologías”.

Sigues leyendo, porque crees que empiezas a entender algo: “En este sentido, cuando presentamos un performance no somos ‘actores’, ni siquiera somos seres humanos con identidad ficticia. Somos más bien Frankensteins post-mexicanos, o lo que yo llamo, ‘etno-cyborgs’. Somos una cuarta parte humanos, otra cuarta parte productos de la tecnología; otra, estereotipos culturales, y una última cuarta parte proyecciones psicológicas del mismo público”.

Viste en el libro las fotos en blanco y negro que documentan los performances de su extensa carrera y recordaste que tuviste la oportunidad de intervenir con el cuerpo expuesto de Gómez-Peña (haciendo de “El Mexterminador” y “El Border Brujo”) y con los de sus acompañantes (representando a “narco-mafiosos” y “natural born matones”). No lo hiciste por asco, porque te parecían payasos estúpidos y grotescos, aunque todos los presentes tenían la opción –a su debido tiempo, según su raza– de tocarlos, olerlos, golpearlos, apuntarles con un arma, marcarlos con pintura de spray e, inclusive, cambiar sus identidades híbridas con maquillaje y disfraces. El resultado fue un despelote de barbaridades que los profesores y los groupies describían como arte.

La poesía sí te entusiasmaba desde que habías leído (con tus conocimientos de español misionero) a Góngora y Vallejo, así que decidiste meterle mano a la pieza profética “Freefalling Toward A Borderless Future”, fechada en el 1985 en Tijuana y en el 2001 en San Francisco: “I see/ I see/ I see a whole generation/ free falling toward a borderless future/ incredible mixtures beyond sci fi:/ cholo-punks, cyber-Mayans, Irish concheros, Benneton Zapatistas,/ Gringofarians, Robo-mohawks, Buttho rappers,/ I see them all/ wandering around/ a continent without a name”.

De pronto, tus dos años de misión en Puerto Rico cobraron nuevos sentidos. Un gringo como tú, perdido en el Caribe predicando la Palabra a los criollos, había visto en vivo y participado de la mogolla que revuelve Gómez-Peña. Comprendiste perfectamente por qué fue aumentando la cantidad de términos en spanglish que iba incluyendo en sus textos con el paso de los años de su exilio y su peregrinación hasta convertirlos en las bombas que acaban de destruir tu mito WASP. Le concediste un break a su tripeo de dislocación y fuiste a la página de Internet de su compañía La Pocha Nostra (www.pochanostra.com) para complementar tus lecturas. Allí te asaltaron más dudas sobre esta “moda radical”.

Por poco despiertas del sobresalto y, para volverte a acomodar en la duermevela, consultas “El Réferi Binacional”, otro poema raro: (Voz de réferi de lucha libre) en esta noche de gala/ palenke del nuevo mundo/ habrán de enfrentarse a muerte/ los monstruos de la historia/ y el lenguaje/ con ustedes/ el Robin Hood Ramírez/ con su puñado de mariachis/ expertos en border-X-tensiones/ en esta esquina/ el Santo/ sultán de Contadora/ en aquélla/ Superman number two/ guarura del Pentágono/ en esta otra la Momia Tarahumara/ alias Raramuri en patines/ & over there/ Sor Godzilla/ vuestra ñora protectora”.

Acto seguido, ganaste la batalla contra el escepticismo al imaginarte mormón en una isla cementosa con tantos sobresaltos culturales. Te dirigiste a un público de creyentes en un español defectuoso, roto por hachazos extranjeros, pero todos te escuchaban loud and clear. Comiste platos con ingredientes insólitos y fuiste expulsado de urbanizaciones con acceso controlado. Sentiste el peso de tu “otredad” devuelta a los escondites leves de la “normalidad” boricua y las arrugas de tu discurso fueron borradas por las brutales planchas de las mayorías. Lo de Gómez-Peña, desde entonces, para ti, dejó de ser relajo.

¿Quién le teme al sincretismo?, te preguntaste entre ronquidos, y la contestación llegó muy rápido. Entonces fue que viste el desfile de puristas y defensores de las manifestaciones habituales tratando de encontrar la salida del laberinto de las identidades y te diste cuenta de que andabas enredado en una trampa. Nunca dejarías de ser mormón pero ya eras nadie-otro en la congregación puertorriqueña. Según Gómez-Peña, a los chicanos les pasa lo mismo, “no sueña[n] con regresar a México. Más bien quiere[n] ser latino[s] de otra manera y fuera de Latinoamérica; quiere[n] ser ciudadanos de una nación flotante”.

Flotas, entonces, en una patria líquida que vas descubriendo más y más mientras terminas de leer el libro y te dan ganas de confesar a los cuatro puntos cardinales que la amada que reposa a tu lado es una abogada loiceña que hace tiempo te invitó, a través del verso, a “Recuperar la ciudadanía a través del arte”. Antes de lanzar el grito cambias de opinión y envías un e-mail a La Pocha Nostra pidiendo que algún representante de ese conjunto de “aliens” que el FBI confunde con terroristas árabes te dé consejos afectuosos. Te contesta un Gómez-Peña arrebatado de pasión por medio de un correo electrónico que está en la antología: “Lloro como una hiena huérfana. Abrazo a una mujer irreconocible. Sus enormes pechos rosados presionan mi corazón extranjero”.

Ahora despiertas en el cruce del lecho bañado en sudor y resulta que, aunque todavía no puedes determinar si estás domiciliado en San Juan o en Utah, lo comprendes todo.

Esta reseña fue publicada originalmente en Diálogo, órgano de la Universidad de Puerto Rico, en el mes de mayo de 2007.

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