Réquiem a la Sabiduría III (Profesor Esteban Tollinchi 1932-2005)

Una vez encontré su libro "Arte y sensualidad" en especial de liquidación sobre una de las mesas de baratillos que ponían en las aceras las librerías de Río Piedras. Ese era el libro del profesor que llegaba con puntualidad, todos los sábados a las 11:00 a.m. a leer el New York Times a la Sala de Revistas de la Universidad de Puerto Rico. Aquel señor de ojos claros y chaqueta beige era un asiduo lector del suplemento cultural de ese diario de récord estadounidense. Más tarde me enteré que todos los años Esteban Tollinchi viajaba a la Babel de Hierro a mediados de noviembre para inaugurar la temporada de teatro y música clásica de esa gran capital cultural. Me matriculé en uno de sus cursos a sabiendas de todo lo que se decía de él. Ese hombre es gago, se le entiende a duras penas. Es bien difícil también. Nada más lejos de la verdad. A Tollinchi se le entendía todito, sobre todo cuando leía el texto literario que se discutía en su idioma original. Era políglota, dominaba más de 7 idiomas, según cuentan en la universidad. El curso comprendía un panorama de la épica, empezando con Homero, parando en Virgilio, leyendo a Dante y echándole un vistazo rápido a Joyce. Eramos cinco estudiantes y Tollinchi nos guió por los infiernos clásicos con destreza de gran capitán. Leía en griego, en latín, en italiano antiguo y en inglés. Gran parte del curso se concentró en escuchar esos textos en idioma original. De allí partía para resumir características, explorar comparaciones, motivarnos a entrar en esos mundos lejanos y supuestamente aburridos. Yo llegaba en guagua hasta su salón, desde Santurce, desde la depravación bachatera santurcina a escuchar la Eneida en latín. Un verano caliente me lo encontré frente a la Biblioteca José M. Lázaro, ya sabía que este profesor viejo, el príncipe de los eruditos que forjaron mi educación, no tuvo remilgos en publicar junto a las irreverencias de Manuel Ramos Otero, Rosario Ferré y Olga Nolla un texto sobre el romanticismo en la revista literaria más escandalosa que haya tenido la isla: Zona de carga y descarga. Ya sabía de la legendaria polémica entre Tollinchi y el profesor Carlos Pabón por la prominencia o insignificancia de las doctrinas posmodernas en el plano de la historia de las ideas de la cultura occidental. Pabón insistía en que lo posmoderno llegaba para quedarse, en la utilidad de esa herramienta teórica para romper esquemas. Tollinchi entendía que no, que la ideología posmoderna era sólo una moda pasajera, una chapucería intelectual. De ahí su interés en publicar "Los trabajos de la belleza modernista", antes de su muerte: con ese libro probaría que eso de la posmodernidad ya es copia de la copia de la copia de una degeneración de muchas filosofías que habían planteado el desgaste apocalíptico ya. Sus libros los escribía a máquina, en papel legal. Durante sus cursos entregaba fotocopias de varios capítulos para que nosotros, unos imberbes wanna be, los escudriñáramos y le señaláramos nuestra opinión. Contaba que como ciudadano de Hato Rey llegaba en taxi, a pie o en pon hasta el cine de la urbanización Roosevelt. Le encantaba el cine y, en clase, los comentarios cinéfilos eran los únicos que se permitía fuera de la línea del material. Cierto día transcurrió entre lo sublime y lo profano porque no sé qué pasaje de Dante le recordó al Hamlet de Shakespeare. Eso lo llevó a burlarse del tinte rubio que le pusieron a Kenneth Branagh en la versión modernista del filme. "Branagh será un gran actor, pero ese rubio le queda espantoso", dijo, e inmediatamente sonrío. Detalles que humanizaban al doctor emeritus per exelance, junto a su presencia constante como profesor orientador de los estudiantes de filosofía en el proceso de hacer matrícula.
Ceci quiso que al final del semestre los estudiantes fuésemos a su casa a celebrar. Vivía en un apartamento de los edificios que colindan con la Milla de Oro. El apartamento era el colmo de la austeridad. Tenía una biblioteca prominente. Todos los tomos estaban encuadernados. Había varias mesitas de lectura, cada una con su lamparita de buena luz. Nos invitó a que ojeáramos los libros que quiséramos. Allí sólo había dos imágenes, según mi recuerdo: una del poeta granadino Federico García Lorca y otra del novelista alemán Thomas Mann. Tollinchi estuvo toda la noche bailando polca con Ceci en la sala. La polca provenía de una victrola y de cientos de discos de pasta. Era un gran bailarín. Nosostros hablábamos en el balcón y de vez en cuando la lumbrera se acercaba para conversar. Con una normalidad que pasmaba. ¿No era ése el mismo individuo que hace unas horas estaba dictando un curso sobre Thomas Mann?, ¿que citaba el texto directamente del alemán? Muchas veces lo vi junto a sus amigos caminando por el Viejo San Juan. Caminando por el recinto, como si estuviera en París o en Frankfurt, vestido con traje gris o beige, con sus zapatos italianos de piel de gamuza, con esa prisa citadina que nunca perdió. Cuando se supo de su cáncer, algunos profesores comenzaron a visitarlo al salón. Tomaban sus cursos como si fueran estudiantes de la eminencia otra vez. A un amigo muy cercano y muy querido le comentó: "Vienen porque saben que me voy a morir". No era cinismo, era su forma directa de filosofar. Se quejaba de la mediocridad y la chapucería todo el tiempo, con una postura que ni hería ni era condescendiente; con una postura de lucidez. A mi amigo, que es bailarín de música autóctona, le repetía que cómo era posible que con tan buena cabeza él fuese a profesionalizar el talento que tenía en los pies. Así de tajante y conservador era. Y sus palabras dolían pero hacían al alumno crecer. Crecer al parase uno un segundo frente a la Biblioteca Lázaro y, en un acto nerdo-irracional, saludarlo sólo para compartir con él lo que suponía en esos momentos de decadencia juvenil una transgresión: Profesor, me estoy leyendo este verano "Absalom, Absalom!", de Faulkner. Sólo por placer. Muy bien, muy, bien, me contestó. ¿Y usted entiende lo que está leyendo, Clavell? Bueno, profesor algo. Recuerde consultar siempre el diccionario Clavell, con Faulkner no se deje llevar nunca por la intuición.

 

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